¡Ay, la dichosa ortografía! ¡Qué fácil es convertir un texto infantil en un folio lleno de tachaduras que le recuerden continuamente al niño o niña lo mal que lo hace!
El aprendizaje de la ortografía suele convertirse en un camino tortuoso lleno de dictados, copias, repeticiones, memorizaciones inútiles de reglas...
Lo que el niño desea es expresarse, decir cosas, poner sus ideas sobre el papel. Lo que los maestros le solemos exigir es que escriba palabras y frases correctamente; nos quedamos en la superficie de la escritura y, como se suele decir, los árboles no nos dejan ver el bosque. Él desea comunicarnos sus inquietudes, sus sueños, sus miedos, sus ilusiones; y nosotros le obligamos a aprender unas reglas ininteligibles y le hacemos copiar listas de palabras cuando se equivoca. Es como si la madre corrigiese machaconamente al niño o niña todas las palabras que empieza a balbucear por el hecho de pronunciarlas a medias.
Si una madre o un padre dijesen a su bebé que no puede hablar hasta que no aprenda a pronunciar correctamente las palabras, posiblemente lo único que conseguirían es que no hablase nunca. Pero eso no sucede, los padres del bebé se ilusionan cada vez que les dice algo, aunque sea una palabra a medias y le animan a seguir probando, y le aplauden cuando consigue un resultado correcto, convencidos de que un día hablará correctamente. Porque a hablar, se aprende hablando.
Sin embargo, los niños y niñas llegan a la escuela y no se intenta que aprendan a escribir escribiendo. Primero deben aprender ortografía, y gramática, y léxico, y morfosintaxis, y... ¡Con lo fácil que sería aprender a escribir escribiendo!
“Queremos decir que el problema de la ortografía debe plantearse, en nuestra opinión, de un modo completamente distinto de cómo se plantea en la escuela tradicional. En ésta, la ortografía es al mismo tiempo la reina y el coco de la enseñanza lingüística, sobre todo en los primeros años. La reina porque todo gira en torno a ella y vive en función de ella (los fragmentos de dictado son valorados únicamente según las dificultades ortográficas que presentan, con la más absoluta indiferencia por el contenido; la mayor parte del tiempo dedicado a la enseñanza lingüística está ocupado por aburridos ejercicios ortográficos); el coco porque se presenta como el enemigo cruel y pérfido de quienes escriben (los textos de los niños son neuróticamente repasados por el maestro-perseguidor con el único objetivo de fulminar con un trazo azul los errores ortográficos)”.1
¿Y cuántas veces se habrá dicho que las reglas ortográficas que no son fijas, no sirven para nada, porque al niño le resulta más fácil aprenderse la palabra que desea utilizar, antes que una lista, a veces larga, de excepciones?
“... las reglas ortográficas resultan poco operativas (exigen sólo memoria y aplicación) y consiguen, cuando son excesivas, el efecto contrario: crear confusión en el niño y perjudicar su propia ortografía. Solamente son útiles las reglas que tienen carácter general y no poseen excepciones”.2
Del mismo modo, es de aceptación general que la lectura es una gran ayuda para aprender la ortografía de las palabras:
“Actualmente ya nadie duda de la estrecha relación entre lectura y ortografía”.3
Nosotros estamos convencidos de que aprendemos las palabras una a una, fijando su ortografía en nuestra memoria, a base de verlas una y otra vez y de utilizarlas cuando las necesitamos.
“Nada nos puede eximir de aprender las palabras una a una para saberlas escribir; lo que se escribe es un sentido, no unos sonidos. Las reglas de ortografía usuales son sólo medios para intentar memorizar de una vez la grafía de varias palabras; en cuanto al principio de economía de la correspondencia oral-escrito, es el origen de todos los trastornos. Ningún sistema permite prever la ortografía de una palabra, sobre todo a un niño que aún no tiene una experiencia y una cultura lingüísticas: un sistema puede nacer de la reflexión sobre la práctica, pero la práctica nunca puede nacer de la transmisión de ese sistema. “Niño, con lo que te acabo de enseñar lo puedes escribir todo, pero no sabes escribir nada”.4
Por otro lado, también es necesario desterrar la creencia acerca de que la buena ortografia está ligada con la inteligencia, puesto que hay personas inteligentes que tienen verdaderos problemas con la ortografía, y al revés. De hecho, “la ortografía no es sino uno entre los muchos procesos que el niño debe tener en cuenta cuando compone”.5
Pero es preocupante que en la escuela se continúe dando una importancia tan desmesurada a la corrección ortográfica, por encima del contenido de las producciones infantiles. Y lo es, porque este es un aspecto en el que la mayoría de los pedagogos y psicólogos que han investigado sobre la enseñanza de la escritura están bastante de acuerdo. Se suele opinar que la rigidez en la corrección provoca un efecto contrario del que se persigue, aparte de que tampoco se consideran correctas la mayoría de las actividades que se proponen para que el niño aprenda a escribir.
“Los profesores de lengua dedican gran cantidad de tiempo y esfuerzo a la ortografía. La inversión es un despilfarro; apenas sirve de nada, y con frecuencia resulta más perjudicial que beneficiosa... Lo primero que hacemos -y lo peor- es angustiar a los niños en relación con la ortografía. Una palabra mal escrita equivale a un delito y al culpable se le castiga severamente; muchos profesores hablan de hacer que los niños desarrollen una “conciencia ortográfica”, y califican negativamente ejercicios por otra parte excelentes, debido a unas cuantas faltas de ortografía. Esta forma de enfocar las cosas se cae por su propio peso”.6
El propio Piaget opina sobre el tema y, sin dar la razón a una práctica determinada, sí que deja bien claro que “algunas experiencias han mostrado que los registros automáticos debidos a la memoria visual conducen al mismo resultado que lecciones sistemáticas”.7
Esta afirmación no deja de ser importante, sobre todo si tenemos en cuenta que el camino de la memoria visual resulta mucho más gratificante, motivador y atractivo para los niños y niñas, al liberarlos de los repetitivos, aburridos e inútiles ejercicios de ortografía.
Y si hay una actividad en la escuela que define el estudio sistemático de la ortografía, esa es el dictado. Todos los maestros de lengua hacen dictados. El dictado es la actividad de aprendizaje de la ortografía por excelencia. Pero en realidad, su práctica demuestra que su función es básicamente de control, de examen, mucho más que de técnica de aprendizaje.
El dictado suele seguir al aprendizaje de una nueva regla ortográfica, para fijarla en la memoria de los alumnos. Normalmente es de rápida y fácil corrección. Pero, en la práctica, su efectividad es bien pobre, por varias razones que derivan no sólo del dictado en sí, sino también de cómo se produce realmente el aprendizaje de la ortografía de las palabras. He aquí algunas de las razones que nos llevan a cuestionar seriamente el dictado como actividad en nuestra práctica escolar:
El mejor camino, por tanto, para que nuestros alumnos y alumnas escriban cada vez mejor es motivarlos para la escritura, valorar sus producciones y darles salida a través de publicaciones escolares, libros de creación, la correspondencia, etc. Es decir, actividades que den sentido y funcionalidad al acto de escribir. La buena ortografía es algo que se va adquiriendo con el tiempo, poco a poco, fijando las palabras en nuestra memoria visual a medida que las vamos utilizando.