Empezaremos diciendo que, para hablar del método natural en la escuela primaria, debemos olvidarnos casi por completo de nuestra formación inicial y de la mayoría de situaciones que se dan dentro de la clase. Si observamos como aprende la gente fuera de los centros escolares o de otras enseñanzas regladas, comprobaremos que existen grandes diferencias en todos los procesos. En la vida no hay aprendizajes previos, se aprende al mismo tiempo que se trabaja. Por el contrario, los métodos escolares se distinguen, precisamente, por la falta de vida en el contenido de sus prácticas.
Si partimos de la base de que son los alumnos quienes deben adaptarse al contenido y a la dinámica escolar, marcada, fundamentalmente, por el libro de texto, entonces la responsabilidad será de ellos si las cosas no funcionan. Pero si partimos de la base de que la escuela es una institución al servicio de los alumnos, para conseguir desarrollar al máximo sus capacidades, entonces el maestro y la maestra deben organizar el trabajo y las actividades de clase partiendo de los intereses y las capacidades del niño y la niña, profundizando en la búsqueda de nuevas técnicas que hagan posible el aprendizaje.
Nosotros hace tiempo que optamos por seguir este segundo camino, pues consideramos que los alumnos no pueden ser culpabilizados del mal funcionamiento de un sistema educativo que no los tiene en cuenta para nada, excepto para obedecer.
Las deficiencias de la institución escolar, ocasionadas la mayoría de ellas por su propia estructura y funcionamiento, nos obligan a mirar fuera de la escuela para encontrar la solución a los problemas.
Salimos de la clase con nuestros alumnos y observamos la realidad, estudiamos el entorno, vemos como trabaja la gente, seguimos la actualidad a través de los medios de comunicación, etc., e intentamos que esa realidad entre en la escuela lo más fielmente posible. Este es, sin duda alguna, el más importante principio de la metodología natural: partir de la realidad. En ella encontraremos las claves del conocimiento humano y las soluciones para acceder a él.
Desde la realidad, el conocimiento se nos presenta como una globalidad, no fragmentado en compartimentos estancos. La división del conocimiento en asignaturas, apenas relacionadas entre sí, dificulta enormemente la comprensión. Incluso dentro de cada materia esa compartimentación sigue creciendo, aderezada con una gran cantidad de ejercicios carentes de sentido para el niño y la niña y alejados de su vida.
Cuando se trabaja con una metodología natural, el contenido de los aprendizajes, las técnicas a utilizar y el ritmo a seguir son determinados por el maestro y la maestra, ayudados por sus propios alumnos, en una cooperación en la que cada uno aporta según su propia experiencia y conocimientos.
Posiblemente sea Manuel Bartolomé Cossío, unos de los pedagogos más importantes de la Institución Libre de Enseñanza, quien mejor definió el contenido de la metodología natural, en una conferencia dada en Bilbao con motivo de la Exposición Pedagógica, en agosto de 1905:
“Espíritus esclarecidos nos han dicho ya, que si la escuela ha de cumplir su misión, tiene que ser imagen de la vida, y no representar para el niño otra cosa que lo que representa el gabinete de trabajo para el hombre. Y, ¿dónde trabajan, el ingeniero, sino en la fábrica; el naturalista, sino en el campo; el médico, en los hospitales; el juez, en el tribunal; el sacerdote, en su cura de almas; el arqueólogo, en sus monumentos; el historiador, en el Archivo; el novelista, en el salón o en la taberna? Y, ¿qué hacen, luego, en su gabinete, sino rumiar, clasificar, compulsar, ordenar, publicar lo que a la vista de la realidad han aprendido?
Rompamos, pues, los muros de la clase. Llevemos al niño al campo, al taller, al museo, como tanto y tan sanamente se ha predicado ya; enseñémosle en la realidad antes que en los libros; entre en la clase sólo para reflexionar y para escribir lo que en su espíritu permanezca o en él haya brotado; trazando así, espontánea y naturalmente, el único libro de texto que ha de estar a su alcance. ¿Qué hace falta para poder realizar esta escuela, imagen de la vida? Todos lo comprendéis: hacen falta maestros”.
Salir fuera de la escuela... ésa es la clave. No hay que tener miedo de la realidad ni del desconocimiento que normalmente tenemos de ella, por culpa de un sistema de enseñanza basado en la memoria y en la inactividad física y mental que provoca el pupitre. Y ese salir de la escuela significa también abrirla al exterior para dejar entrar todos aquellos materiales y personas que puedan aportar experiencia y conocimientos. Esto fue lo que nosotros hicimos el día que nos propusimos cambiar nuestra metodología de trabajo con los alumnos.
Y cuando decidimos enfocar el Conocimiento del Medio Natural a partir del entorno, nos dirigimos a un conocido naturalista de la ciudad de Fraga (cercana a Torrente), José Luis Escuer, para que nos orientase acerca de técnicas y actividades de trabajo. Gracias a sus conocimientos y consejos pudimos realizar investigaciones con cierto nivel científico, montar una colección bastante completa de la fauna de la zona (básicamente, insectos) y clasificar un gran número de ejemplares de todas las especies. Vino varias veces a Torrente de Cinca para ayudarnos a clasificar los ejemplares que no aparecían en las guías de fauna y de flora. Se notaba que disfrutaba con su trabajo y desde el primer momento sentimos un gran respeto hacia él. Le estamos agradecidos por lo mucho que nos enseñó.
Para trabajar las Matemáticas y el Lenguaje con la metodología natural, encontramos en las propuestas de Celestin Freinet, una gran ayuda. Técnicas como el cálculo vivo, el texto libre y la correspondencia escolar, nos han permitido desarrollar gran cantidad de proyectos y actividades a lo largo de nuestra trayectoria como maestros.
Ahora bien, la mejor manera de aplicar la metodología natural es a través de tareas que, partiendo de la realidad, tengan un aprovechamiento para la clase y para la comunidad, pues no hay nada mejor para el trabajo realizado que comprobar su utilidad. Además, cuando el objeto de conocimiento es la realidad, la globalización está garantizada y, por tanto, la comprensión. Y, al globalizar, se cumplen objetivos de todas las materias.
Otro aspecto fundamental de la metodología natural es que debemos partir del niño y de la niña, de sus intereses y de sus capacidades. Pero eso no significa que estemos en la clase sin actuar hasta que se interesen por algo; se trata, desde nuestra perspectiva, de despertar sus intereses, lo cual es muy diferente. El maestro debe elaborar una propuesta de funcionamiento a principio de curso, con técnicas y actividades cuya puesta en práctica facilite la participación activa del alumnado y su integración en la dinámica de trabajo independientemente de su capacidad y conocimientos. Lo fundamental es que el niño y la niña encuentren sentido a lo que hacen y trabajen con ganas. Si esto sucede, el aprendizaje está garantizado.
En la metodología natural, también es importante la autocorrección, porque proporciona recursos para la autonomía. Si damos a los alumnos la posibilidad de autocorregirse, les estamos haciendo responsables de su progreso y les ayudamos, al mismo tiempo, a ser autodidactas, que es la mejor manera de aprender.
Lluís Sagarra, en el número 127 de la revista GUIX (mayo de 1988), defiende la autocorrección y la considera una técnica de aprendizaje:
Para que el niño coja seguridad en las operaciones es conveniente que se ocupe también de la corrección. Todos hemos utilizado alguna vez este sistema al estudiar cualquier materia: seguro que hemos dispuesto de solucionarios con las respuestas a los problemas que teníamos que resolver; si no los sabemos o nos equivocamos, miramos la respuesta y corregimos. Los alumnos han de poder utilizar también este sistema de aprendizaje. Lo que no tiene sentido es poner bien o mal en una página de problemas ya que eso no hace que el alumno se de cuenta de sus errores, ni tampoco tiene ningún sentido corregir problemas en la pizarra mientras que los alumnos están más pendientes de borrar y corregir las operaciones que de comprender los pasos en que se han equivocado”.
Sin embargo, las mejores técnicas, los mejores recursos, no darán el resultado apetecido sin una buena organización. El maestro y la maestra deben distribuir el trabajo atendiendo a las necesidades de cada actividad, convirtiendo la clase en un espacio funcional, calculando bien los tiempos y distribuyendo a los alumnos de forma que se cree un clima de cooperación y ayuda mutua. La misma organización, no siempre es válida; hay que estar siempre vigilantes para cambiarla cuando deje de funcionar. No sirve de nada obligar a los alumnos a seguir una dinámica determinada, porque se pierde mucha energía, disminuye el rendimiento y desaparece el buen clima.
¿Qué papel tiene la evaluación en una metodología natural? Fuera de la escuela, a la gente se la valora por su trabajo, no por sus conocimientos teóricos. Se puede saber mucho de fútbol y no saber darle una patada a la pelota, se puede saber mucho de gramática y ser un perfecto inútil para la escritura, se pueden memorizar las reglas ortográficas y no aplicarlas al escribir las palabras, se puede uno aprender el código de circulación de memoria y no tener ni idea de conducir, etc.
El alumno no debe ser valorado por la cantidad de conocimientos que tiene almacenados, sino por el trabajo que realiza; por eso nosotros evaluamos el esfuerzo por encima de todo. Ello significa que el niño y la niña en la escuela, no pueden limitarse a escuchar, estudiar de memoria, contestar preguntas, corregir deberes, gestionar la agenda, realizar exámenes... La clase ha de funcionar como un taller donde el niño y la niña trabajen, es en ella donde se deben realizar todas o la mayoría de las actividades escolares; de esta forma, el maestro y la maestra tendrán suficientes elementos y recursos para evaluarlos. Y esta afirmación es válida para cualquier tipo de metodología que se utilice. Es absurdo que la escuela delegue cada vez más las tareas escolares en los padres a través de los deberes. Como dice Jaume Carbonell, director de Cuadernos de Pedagogía, en el número 17 de la revista LICEU (marzo de 2002):
“A veces parece que la escuela sólo sirve para planificar las tareas que se han de hacer en casa y para corregirlas; No se acaba de entender qué hacen los niños y las niñas encerrados cinco o seis horas entre cuatro paredes”.
Cuando se trabaja, además, es muy fácil la autoevaluación. Aquí, el resultado no depende de la buena o mala suerte, ni de la buena o mala memoria, ni de que el criterio del profesor esté más o menos predeterminado. Todos somos capaces de valorar el trabajo que hemos realizado a la vista del esfuerzo dedicado y del resultado final.
Evaluación por parte del maestro del trabajo de los alumnos, autoevaluación de los propios alumnos y evaluación, por parte de profesores y alumnos, de las técnicas y actividades utilizadas, para corregir errores y para mejorar continuamente las condiciones de aprendizaje. Estos deben ser los objetivos básicos de la evaluación en la escuela.
Y, aunque no se pueda considerar consustancial con la metodología natural, nuestra experiencia nos permite afirmar que el buen humor dentro de la clase es un ingrediente casi imprescindible para que las relaciones del grupo sean positivas y exista un adecuado equilibrio emocional; la alegría no está reñida con la seriedad en el trabajo. Por otro lado, consideramos también de gran importancia que el maestro y la maestra se impliquen en las tareas escolares: debemos leer, escribir, buscar información, etc., como un miembro más del grupo.
Finalmente, para que la escuela mejore, como muy bien decía Manuel Bartolomé Cossío, hacen falta maestros. Maestros convencidos de la importancia de su trabajo, profesionales sin complejos ante una realidad que nos infravalora tanto a nivel social como económico.
El propio Cossío, en otro apartado de la conferencia citada, dice lo siguiente sobre la importancia de nuestra labor:
“No comparéis al catedrático y al maestro de escuela con el ingeniero y el sobrestante, o con el arquitecto y el maestro de obras; porque no existe analogía entre unos y otros. El sobrestante, el maestro de obras, el contramaestre, son etapas subalternas, grados inferiores, suspensiones, tal vez, de desarrollo en un proceso que conduce, como último término, al ingeniero y al arquitecto. No cumplen aquéllos función independiente; son simples órganos preparadores, ordenadores, ejecutores, meros cumplidores, en suma, de aquel particular fin que en el total de la obra tienen asignado; y subordinados quedan, por tanto, al creador y director de la obra entera ingenieril o arquitectónica. Pero el maestro de párvulos realiza una labor tan sustantiva como el catedrático: porque tiene encomendada y ejecuta, al igual que éste, no una parte, sino toda la obra educadora, en uno de los momentos de su proceso evolutivo. Comparadlos pues, si queréis, con el labrador que cuida el vivero y con el que atiende a los árboles hechos, ya veréis que no existe aquí tampoco, no puede existir, esa pretendida subordinación ni orden jerárquico entre los distintos periodos de la obra educadora”.
Y respecto a la formación inicial que deberíamos tener, también el propio Cossío nos avanzaba, hace ya casi cien años, la que debería ser una reivindicación permanente y constante de todas las plataformas sindicales y de los movimientos de renovación pedagógica, pero que, desgraciadamente, está cada vez más olvidada:
“Demos a todos los maestros una misma educación profesional, dentro o fuera de la universidad, pero universitaria, como en algunos países, Alemania y Estados Unidos, sobre todo, comienza ya a hacerse. Y mientras esto no suceda, mientras no dignifiquemos la profesión y desaparezcan las categorías del profesorado, que imponen al maestro primario una capitis diminutio y lo condenan a servidumbre de cuerpo y de espíritu, no tendremos verdaderas escuelas, ni conoceremos el país ni la humanidad que todos anhelamos”.
Los maestros de escuela debemos reivindicar la importancia de nuestro trabajo en una etapa fundamental de la vida del niño exigiendo una formación inicial de licenciatura, un horario y un sueldo que nos permitan trabajar e investigar en la escuela, participar en seminarios con otros compañeros y mantener el necesario contacto con los padres y demás miembros de la comunidad educativa.
El ejercicio de cualquier profesión exige dedicación y formación permanente; la nuestra, por definición, lo exige aún más. Los maestros deberíamos ser los primeros comprometidos con una escuela integradora, no discriminatoria y ligada a la realidad. Pero ello nos exige también ser los primeros en cuanto a dedicación, investigación y formación permanente. Y estos objetivos se consiguen trabajando en la clase y aprendiendo conjuntamente con nuestros alumnos, visitando escuelas, leyendo libros y revistas de pedagogía, participando en seminarios y grupos de investigación entre iguales y creando un archivo de todo lo que afecte a nuestro trabajo, para tener cada vez más recursos ante los padres, la sociedad y los propios niños y niñas, que se ponen en nuestras manos, cuando vienen por primera vez a la escuela, con unos enormes deseos de aprender.
No defraudemos sus expectativas respecto a nosotros, sus maestros.