Qué tendrá la palabra Maestro que nos gusta tanto. Será porque encierra un significado mucho más amplio que alguno de sus sinónimos. Ciertamente, cuando hablamos de alguien que nos ha dado clases, que nos ha enseñado alguna materia o actividad en la vida, sea en la escuela, en el instituto, en la universidad o en algún oficio, podemos referirnos a él o a ella con un gran respeto, incluso con cariño, a veces.
Pero cuando esa persona ha influido en nuestra vida, no solo técnica o profesionalmente, cuando ha dejado una profunda huella en nosotros por su forma de ser, por su comportamiento ejemplar, por la relación afectiva que ha establecido con nosotros, entonces utilizamos la palabra Maestro para definirla. Porque se puede enseñar mas o menos bien alguna materia, alguna actividad, algún oficio, pero para ser un buen Maestro, para conseguir ganar la voluntad los alumnos, para sacarles lo mejor de sí mismos, para hacer que pongan el alma en lo que están haciendo, hay que quererlos. Quererlos, desear con toda el alma que salgan airosos de los aprendizajes sin renunciar a ser ellos mismos, respetando su personalidad y ayudándoles a desarrollar toda su creatividad. Eso es ser Maestro, despertar el interés de los alumnos, conseguir que sean felices mientras aprenden y que los aprendizajes sean un medio para hacerlos crecer en todos los aspectos de su personalidad.
Nada que ver, desde luego, con lo que solemos entender hoy (hoy más que nunca) por enseñar y aprender en la escuela, el instituto o la universidad.
No pretendemos, de ninguna manera, llegar a la conclusión, con nuestras palabras, de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sabemos que no es cierto. Sabemos que siempre ha habido Maestros competentes; también hoy. No se trata de comparar unos tiempos con otros. Nuestra queja, en este sentido, es porque en cualquier época es endémica la falta de buenos Maestros. Por eso es tan importante dar a conocer a los pocos que en cada momento lo han sido, para que sirvan de ejemplo y para que aprendamos de ellos.
Ramón Acín fue uno de esos Maestros excepcionales que tenemos la obligación de reivindicar y dar a conocer a las generaciones actuales y futuras.
Para empezar, era un profesor “que no suspendía”. Algunos se preguntarán, ¿cómo es posible trabajar con unos alumnos que se saben aprobados desde el primer día de clase? Pues sí señor, claro que se puede trabajar. Él garantizaba el aprobado a todos y prometía dedicarse en cuerpo y alma a los que deseaban de verdad aprender; y a éstos que querían aprender de verdad les exigía todo lo que era necesario para educarlos, para sacar lo mejor de sus talentos. Todos sus alumnos hablan de él como de un profesor exigente. Su hija Katia nos lo confirmó al referirse a ella misma como alumna (“era muy estricto y perfeccionista como profesor”) y Mª Nieves Ramón Gil, que fue luego profesora de Didáctica de las Manualizaciones y Labores en la Escuela de Magisterio de Lleida, también nos confirmó este aspecto.1
El hecho de no suspender, que pudiera parecer al lector un esnobismo, o una dejación de su responsabilidad como profesor, es, sin embargo, para nosotros, uno de los aspectos más fundamentales de su concepción acerca de la enseñanza. Él estaba en contra de los programas, de los exámenes, de la enseñanza reglada, que empobrece la mente y obliga al profesor a clasificar a los alumnos en función de unos criterios que nada tienen que ver con el verdadero talento. Por eso los liberaba desde el comienzo del curso de esta espada de Damocles y les invitaba a trabajar para aprender y no para aprobar, que es lo que suele suceder cuando todo depende de un examen y de una nota clasificatoria. Los exámenes y las notas deforman y corrompen la verdadera esencia del aprendizaje.
Pero, claro, este planteamiento no es tan sencillo, porque, si el profesor renuncia a una de sus principales armas para conseguir que los alumnos vayan a clase, escuchen, hagan los deberes y se preparen las lecciones, ¿cómo va a funcionar la enseñanza? ¿Acaso es posible organizar la clase en base a otros principios? Evidentemente que sí, pero hay que hacerlo despertando el interés de los alumnos, cultivando en ellos el gusto por el aprendizaje con la ayuda de técnicas adecuadas.
Nada de láminas muertas, sin vida y sin relieve, nada de ejercicios mecánicos y aburridos.
Ramón Acín era un amante del trabajo de campo, es decir, que acostumbraba a salir con sus alumnos, al parque, a la naturaleza, para realizar bocetos y tomar apuntes directamente de la realidad; luego, en el estudio, se completaban los dibujos con la mirada atenta del profesor que desea un buen producto final, que pone su sabiduría y experiencia al servicio de los que desean aprender. Y lo hacía con mucha delicadeza, pero al mismo tiempo, con un gran rigor. Con trato afable, con actitud positiva y con un acentuado sentido del humor, conseguía siempre lo mejor.
“Cuando entraba Don Ramón Acín en el Instituto a todos los alumnos parecía que nos habían inyectado alegría. En cambio entraban otros y no... A todos nos trataba de hijos, hijas, era una cosa extraordinaria”.2
En este comentario se resume otro de los aspectos más importantes de la vertiente pedagógica de Ramón Acín: el cariño que sentía por todos sus alumnos. Se dedicaba a ellos como un verdadero padre que espera y desea lo mejor para sus hijos, con un extremado respeto y sensibilidad hacia sus creaciones; era exigente, pero daba los mejores consejos y tenía toda la paciencia del mundo para con ellos y ellas. Era un gran Maestro porque quería a sus alumnos. Para que se produzca el verdadero aprendizaje es necesario que exista una corriente afectiva entre el que enseña y el que aprende; ésta es una regla de oro de la pedagogía. Regla que fue practicada con generosidad entre Acín y sus alumnos. En palabras de su discípulo Evaristo Viñuales, dirigiéndose al Maestro: “Sólo se aprende de aquel a quien se quiere. Tú supiste hacerte querer por muchos; por eso fuiste todo un pedagogo”.
Igualmente, es otro alumno, Medardo Lisa, quien nos ofrece este comentario: “Más que como profesor le considerábamos sus alumnos como el consejero, el compañero, el amigo entrañable querido por todos los que desfilábamos por su aula”.3
Finalmente, hay un último aspecto que lo define como un gran Maestro; nos referimos al dominio de las técnicas. Hacer fácil lo que parece difícil, obtener el máximo rendimiento con los medios más sencillos, ésa es la grandeza del genio. Sus técnicas de enseñanza, como sus técnicas de trabajo eran directas, primarias, nada de complicados jeroglíficos ni de explicaciones farragosas:
“Sin duda nos encontramos ante un erudito que merece un lugar entre los grandes Maestros de nuestro siglo, no precisamente por la magnificencia de sus creaciones, sino por el espíritu que les dio vida. Una de sus aportaciones es haber puesto el arte al alcance de todos. Con un característico estilo personal, adquirido de una forma voluntariamente autodidacta, consiguió la máxima expresión con los mínimos medios, primero con el sencillo pero seguro trazo de su dibujo, después con las esculturas en barro y en chapa, tan expresivas”.4
En su preocupación por la mejora de las condiciones de aprendizaje de los alumnos, llegó a inventarse un juego para la enseñanza de la Geografía, que desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros, y creó un diseño de mesa caballete de dibujo, que fue considerada de utilidad y adoptada como modelo para las clases de Dibujo en la Escuela Normal de Huesca.
Podemos comprobar, por lo tanto, que su faceta de creador no se limitaba solamente a su oficio como artista, sino que creaba en todos los ámbitos de su vida.
Activo y convencido militante libertario, su labor pedagógica está impregnada de los principios difundidos por el anarquismo en educación. En aquellos momentos, él y otros muchos educadores, no sólo los anarquistas, estaban convencidos de que era posible transformar la sociedad a través de la educación de los individuos. La situación de incultura y analfabetismo de la clase obrera era un importante motivo de preocupación de las organizaciones que luchaban por su emancipación. Una clase obrera con formación no se dejaría manipular por el caciquismo. De ahí su insistencia en la necesidad de elevar el nivel cultural de los trabajadores en varias de sus colaboraciones para el periódico “Solidaridad Obrera”. Algunas de sus frases, referidas a la escuela y a los niños, reflejan claramente su opción a favor de una escuela para todos, basada en la libertad y el respeto, al tiempo que afirma, con rotundidad, su laicismo:
“Cuando busquéis un maestro, camaradas, no busquéis un título; buscad un cerebro pleno, buscad un corazón bueno y una voluntad firme”.
“A la máxima de la vieja escuela clerical de la letra con sangre entra, hay que oponer esta otra máxima de nuestra escuela nueva y laica: no pegarás al niño ni con una flor”.
“Ha dicho un escritor francés que el canto de la libertad no es la Marsellesa; es lo que cantan los niños al salir de la escuela. Hay que sacar la escuela al bosque, al jardín, al huerto. Hay que pegar fuego a esas Escuelas pocilgas memoristas y rutinarias de los mapas con sus océanos colgados en la pared y su Cristo difunto. Hay que llevar a la Escuela belleza, alegría y salud”.
“...entonces, ellos dirán que son fuertes porque ellos tienen un bastón con borlas y un báculo y una espada, mas podremos decirles, que nosotros somos más fuertes, porque frente al bastón de un gobernador y al báculo de un obispo y a la espada de un general, hemos levantado una Escuela libre y nueva y laica y contra ella se tornarán en cañas la espada del general, el báculo del obispo y el bastón borlado del gobernador. Nosotros venceremos porque nuestra fuerza será la razón y ellos no tendrán otra razón que la razón de la sinrazón que es la fuerza”. 5
En aquellos años el movimiento anarquista se nutría de los principios pedagógicos expresados en la declaración del Comité Promotor de la Enseñanza Universal, formado por Eliseo Reclús, Luisa Michel, J. Ardouin, Carlos Malato, León Tolstoi, P. Kopotkin y Jean Grave, entre otros (declaración de 1898, en contra de la disciplina, los programas y las clasificaciones, en defensa de una enseñanza integral, racional, mixta y libertaria), de las escuelas racionalistas,6 de la herencia de Ferrer y Guardia y de experiencias como la de los hermanos Carrasquer (Félix, José y Francisco), en Barcelona.7
Por otro lado, el carácter abierto y nada sectario de Ramón Acín, le hizo tomar contacto también y recibir las influencias de otros movimientos renovadores de su época, que tuvieron gran importancia en los años de la II República española.
La influencia más importante le llegó de la mano de Joaquín Costa y de Herminio Almendros, hombres formados en la Institución Libre de Enseñanza, cuna de los más grandes intelectuales de la época.
La Institución Libre de Enseñanza, creada por Francisco Giner de los Ríos hacia finales del siglo XIX, tuvo su origen en el movimiento krausista, cuyo máximo exponente fue Sanz del Río (verdadero precursor de la Institución). En el aspecto pedagógico, su principal representante era Bartolomé Cossío.
Según los estatutos de la ILE, “Su única aspiración es la perfecta educación de sus alumnos, absteniéndose de perturbar el alma de la niñez o de la adolescencia, anticipando en ellas la hora de las divisiones humanas. Tiempo les queda para que advengan al reino de la discordia y aún para que aquel reino sea desolado. Es preciso sembrar en la juventud con pulcritud y reverencia, el más estricto respeto a la libertad, la más austera reserva en la elaboración de las normas de la vida, el más religioso respeto por cuantas sinceras convicciones consagra la historia”.8
La Institución dedicó sus mejores esfuerzos a la renovación pedagógica en todas las etapas de la educación, desde párvulos hasta la universidad. Se concedía la misma importancia a las clases de los párvulos que a las consagradas a los alumnos de doctorado, sin distinción de grados. Los profesores intervenían indistintamente en unas y otras etapas, en una clara demostración de que “la educación es una obra unitaria que es preciso iniciar en los primeros años de la vida del niño y no abandonar acaso hasta los últimos días de la vida del hombre”.9
El propio Bartolomé Cossío afirmaba que “el maestro de párvulos realiza una función tan sustantiva como el catedrático: porque tiene encomendada y ejecuta, al igual que éste, no una parte, sino toda la obra educadora, en uno de los momentos de su proceso evolutivo. Comparadlos, pues, si queréis con el labrador que cuida el vivero y con el que atiende a los árboles hechos, y veréis que no existe aquí tampoco, no puede existir, esa pretendida subordinación ni orden jerárquico entre los distintos períodos de la obra educadora”.10
A Joaquin Costa, por el que, en palabras de Sonya Torres, “sentía una especial admiración y un profundo respeto”, le escribió más de un artículo en el Diario de Huesca recordando su muerte, e incluso le dedicó un proyecto de monumento utópico en 1925.11
En cuanto a Herminio Almendros, durante el curso escolar 1931-32, ejerció como inspector en la provincia de Huesca y su influencia fue determinante en los sectores educativos más avanzados. Venía Herminio de la provincia de Lérida, donde había contribuido a difundir las ideas del maestro francés Celestin Freinet, introductor de la imprenta en la escuela y creador de un movimiento renovador que se había concretado en la creación de la Cooperativa de la Imprenta en la Escuela.
Durante el tiempo que permaneció en Huesca, contactó con Ramón Acín y con Simeón Omella, maestro de Plasencia del Monte, entre otros, y les animó a adoptar las nuevas técnicas pedagógicas que estaban revolucionando el trabajo escolar. Los hermanos Carrasquer, concretamente Félix y José, también conocieron por entonces las técnicas del maestro francés y José introdujo la imprenta en su escuela de Aguilar, en el pirineo oscense.12
Ramón Acín, que no llevaba sus hijas a la escuela estatal porque no estaba de acuerdo con los métodos ni los contenidos que en ella se impartían y que prefería ser él mismo y su mujer quienes se encargasen de su formación, no dudó en depositar su confianza en Almendros y su esposa, María Cuyás, para que impartiesen clases particulares a Katia y Sol.
Katia recuerda, aún hoy, que su hermana y ella iban a la casa del matrimonio Almendros a recibir clases, que jugaban a menudo con uno de sus hijos (con toda seguridad se trataba de Néstor, el que obtuviera un Óscar por su trabajo fotográfico en el cine) y como imprimían con su propia imprenta (una imprentilla de tipos de goma, que colocaban en los componedores con la ayuda de unas pinzas) los textos de las entradas que confeccionaban para que otros niños y niñas pudiesen asistir a las representaciones infantiles de teatro que organizaban en su propia casa con la ayuda de sus padres.
Años más tarde, en 1935, con motivo de la celebración, en la ciudad de Huesca, del II Congreso de la Imprenta en la Escuela, Ramón Acín junto con Simeón Omella y algunos Maestros más, tuvo un papel destacado en el mismo.13
En el caso concreto de Acín, éste publicó un artículo en el Diario de Huesca, el 21 de julio de 1935, titulado “Un Congreso y unos Congresistas” que, entre otras cosas, decía lo siguiente:
“Un día llegará también, en que los hombres, plenamente civilizados, prendan fuego a las pretenciosas y grandes fábricas de harinas, escamoteadoras de vitaminas, para establecer en nuestras propias casas pequeños molinos de piedra como de juguete también, que, movidos por el salto minúsculo de un grifo, nos proporcione el moreno y sustancioso pan de pueblo.
Y en las escuelas, esas escuelas con imprentilla a lo Freinet, sin libros de texto, caros y pretenciosos, donde se dibujará en las paredes como antes en las cuevas y se contará con piedrecitas y se intuirá en los deditos el sistema decimal; en esas escuelas, cuando las gentes todas se desplacen en aviones a quinientos por hora, se dará como premio a la aplicación las viejas cometas fabricadas con dos palmos de percalina y cuatro cañas; dos cañas en forma de aspa y dos en forma de cruz.
Porque la civilización es una complejidad al servicio de una simplificación.
Decía Francisco Giner que nunca se había podido explicar cómo siendo los niños tan inteligentes son los hombres tan necios.
Ante estos maestros congresistas y los métodos de estos maestros, he llegado a concebir alguna esperanza de que algún día la inteligencia de los niños no tenga que perderse por caminos de necedad; día llegará en que no se juzgue el valer de un niño por h más o menos, por una coma en decimales, a la altura del último tendero en ocho días de práctica o por un pretérito pluscuamperfecto que toda la gente de alto saber ha tenido pronto el buen gusto de olvidar”.
Aunque no reproducimos el artículo completo, basta esta muestra para darnos cuenta de la clarividencia de Acín en temas pedagógicos. La frase donde dice que la “civilización es una complejidad al servicio de una simplificación” es una de esas que resume con claridad absoluta lo que debe ser una buena enseñanza; es decir, que debemos enseñar lo complejo con la técnica más sencilla, porque en el principio de todo está lo concreto, lo que es posible captar y entender a través de los sentidos; y ese debe ser el objetivo fundamental de toda técnica pedagógica, convertir en fácil lo que parece complicado y difícil.
Uno de los maestros asistentes al Congreso, José de Tapia, le dedicó unas palabras muy elogiosas, en un artículo titulado ¡Huesca!, el cual reproducimos parcialmente a continuación: 14
“Si en tus históricas construcciones guardas tesoros de artistas que huyeron de nosotros; si tu Catedral, con su soberbio retablo; tu San Pedro el Viejo, tus Casas Consistoriales, tu Palacio de los Reyes, y tantos otros monumentos notables que encierras hacen detener al viajero y lo extasían con sus grandezas, permítenos a nosotros, soñadores y mágicos creadores del mañana, detenernos ante tu más humano, más grande y más sublime artista.
Te hablamos de Acín, del hombre artista o del artista hombre, del hombre bueno que quiso encontrar palabras para poner en otros sus más nobles y bellas cualidades; del hombre sencillo que poco a poco, silenciosamente, va reuniendo en la “casa encantada” cantidades para nosotros fantásticas de cosas bellas, cosas únicas, de cosas mágicas que hacen saltar al corazón y derramarse al alma.
Acín es tu artista supremo; tú así lo reconocerás. Él creará cosas inimitables, pero su obra mayor y mejor, su más difícil obra, su obra de gran maestro y gran artista, ya te la ha donado.
Su mejor obra es su VIDA.
Nosotros no sabíamos desprendernos de los impalpables lazos que nos ligaban a aquella casa. Nosotros estrechábamos aquellas tibias manitas de la más genial realización artística y sentíamos hondamente el dolor de tener que romper aquel encanto que nos embargaba haciéndonos vibrar en emociones desconocidas. Para vosotras, bellas Sol y Katia, el recuerdo y la añoranza más ardientemente sentidos de un padre y un maestro.
Vuestra bella imagen perdurará a través de los más fuertes temporales de nuestra existencia poderosamente enmarcada por las siluetas sublimes de quienes la sabia Natura os deparó por creadores”.
La “casa encantada” a la que hace referencia José de Tapia es, sin duda, la casa de Acín, ya que éste era un coleccionista impenitente y tenía su casa convertida en un museo, no solo de sus propias obras, sino de todo tipo de herramientas y objetos; Poseía un verdadero museo etnológico y artístico.
He aquí un auténtico Maestro. Un hombre bueno, íntegro, enamorado de sus alumnos y con unos enormes deseos de convertirlos en verdaderos artistas como él, con una generosidad y entrega dignas de admiración. Es una pena que lo matasen precisamente por eso:
“Acín representa las posiciones menos violentas dentro del anarquismo, y forma parte de los que dirigen sus esfuerzos hacia la educación del pueblo como principal arma de la revolución social. Ramón Acín siempre había mantenido una postura contraria a la violencia”.
“Defensor a ultranza de los valores de la tolerancia, la justicia, la libertad, la solidaridad y la fraternidad, mostró siempre una repugnancia profunda hacia el derramamiento de sangre, motivo que le impidió tomar una postura favorable a la violencia en momentos de una gravedad extrema, ante la inminente sublevación fascista”.15
Por eso debemos reivindicarlo; a él y a todos los que como él pagaron con su vida, con la cárcel o el exilio, el pecado de amar la libertad, de ser inteligentes y de desear la educación y el progreso para todos.
Ramón Acín merece, con todos los honores, ser considerado nuestro Maestro.