Estamos viviendo, ciertamente, tiempos difíciles para la enseñanza. La aplicación de la Reforma, con la aparición de la secundaria obligatoria, alteró totalmente el panorama escolar. Alumnos que iban hasta los catorce años a la escuela para cursar la EGB, vieron como se les sacaba de los centros escolares, demasiado pronto a nuestro entender, para convivir con compañeros y compañeras de hasta dieciocho años, en un régimen de funcionamiento nada favorable para la convivencia y el aprendizaje (gran número de profesores, escasa atención tutorial, excesiva rigidez horaria).
Los profesores de secundaria, acostumbrados a trabajar con los mejores de la Educación General Básica, no se han acostumbrado a tener en su clase a todos los alumnos, sin una selección previa. Se encuentran sin recursos para motivar e ilusionar a unos adolescentes que, en muchos casos, se instalan en el fracaso y se niegan a seguir estudiando. Los años que llevamos con el nuevo sistema no han servido para consolidar la Reforma y la situación que se plantea con la nueva Ley de Calidad, es de frenazo y marcha atrás.
Por otro lado, la campaña desatada para culpabilizar y criminalizar a los alumnos por su falta de interés, su violencia, su gandulería, etc., es inmoral, pues sucede, precisamente, todo lo contrario. La institución escolar (la escuela y el instituto) es el último reducto de un autoritarismo que convierte a los alumnos en súbditos.
Solo tenemos que mirar fuera de la escuela para ver que no hay nada que funcione como en ella: en la vida no se aprende en silencio, escuchando, estudiando de memoria y haciendo exámenes sobre aspectos parciales o totales del aprendizaje. Los aprendizajes, en la vida, son procesos reales, experiencias que acaban normalmente con éxito, en más o menos tiempo. Pero en la escuela, lo que se prima no es el aprendizaje sino la segregación, por eso no se profundiza en las técnicas de enseñanza-aprendizaje, ni se considera al profesor que suspende a muchos alumnos como un mal profesional. Al contrario, se suele decir del que suspende mucho que es muy exigente y se le valora más que al que no lo hace. Porque la esencia del sistema es la selección, no el aprendizaje; lo que prestigia al profesor no es enseñar, es examinar, demostrar poder sobre el alumno. Y es por eso que muchos profesores (demasiados, a nuestro parecer), se rebotaron contra la promoción obligatoria (que tampoco lo era tanto); porque les dejaba huérfanos de recursos, es decir, les dejaba sin el principal recurso: el suspenso. Sin esta arma letal, el profesor queda a merced de sus alumnos. Si no sabe despertar su interés, si no busca técnicas de enseñanza que los liguen afectivamente al trabajo de clase, si no sabe cómo hacerlos participar, trabajar con ganas, entonces le perderán el respeto y no podrá dominarlos. La indisciplina reinará en el aula y la clase se convertirá en un suplicio que le llevará a situaciones límite y a estados depresivos. Y claro, será por culpa de los alumnos. Entonces clamará al cielo, apelará a la autoridad del adulto, al respeto que se le debe como profesor... y acabará pidiendo la cabeza de aquellos que no le siguen o que le plantean dificultades para mantener la disciplina. Una disciplina, entiéndase, de tipo militar. El profesor manda y los alumnos deben obedecer. Es decir, que se acaba reclamando aquel “principio de autoridad” que tan buenos servicios presta en tiempos de dictadura.
Y lo peor es que en este carro no están subidos únicamente los profesores; muchos padres, que también comienzan a tener dificultades en casa con sus hijos, abonan casi siempre las tesis que plantean mayor dureza y exigencia, quizás con la intención de que la escuela les resuelva los problemas de educación (y de relación) con sus hijos.
Por su lado, el gobierno, a través de las autoridades educativas, que ideológicamente están más por la selección que por la generalización de la igualdad de oportunidades, se da con un canto en los dientes cuando observa que profesores y padres piden más mano dura con los alumnos. En esto, desgraciadamente, no hay distinción ideológica: ya sean de izquierdas o de derechas, los unos claman porque les faciliten el trabajo en el aula pidiendo alumnos obedientes, interesados y atentos, y los otros desean hijos obedientes, domesticados y buenos estudiantes. Pero pocos hacen un análisis critico de sus actuaciones. Se suele partir de la base de que el niño y la niña (ya sea como hijo o como alumno), por el hecho de serlo, tienen la obligación de obedecer; y que los adultos, por el hecho de serlo, tienen siempre razón.
Pero la realidad se encarga, más pronto que tarde, de desenmascarar esta falsa aseveración: los adolescentes (incluso antes de llegar a serlo) reclaman protagonismo en su aprendizaje, ser escuchados y ser respetados como personas que tienen unos derechos.
Esa misma realidad nos muestra unas escuelas y unos institutos donde nadie está contento; el profesorado, desmotivado y pidiendo cada vez menos horas de clase; los padres, desorientados y buscando culpables fuera de casa; y los alumnos, revolviéndose contra un sistema que no los tiene en consideración y les exige los mayores sacrificios en una edad de gran inestabilidad afectiva y emocional; una edad en la que deberían recibir ayuda y comprensión, por encima de todo.
Si queremos buscar soluciones como padres y como profesores, debemos partir de la base de que las responsabilidades deben ser exigidas proporcionalmente a la capacidad de decisión que se haya tenido en el diseño del marco de convivencia y de enseñanza. Habrá que empezar, pues, por arriba, y luego ir bajando. Veremos entonces que los alumnos y alumnas (los hijos e hijas), son los que menos capacidad de decisión han tenido; por tanto, serán también a los que menos responsabilidades se les puede pedir.
Antes de la ley del 70 (del ministro Villar Palasí) no se hablaba del fracaso escolar; no existía el concepto como tal. Los alumnos iban a la escuela y, a los once años había una selección, fundamentalmente económica (excepto en algunos casos de alumnos que conseguían alguna beca para estudiar) en virtud de la cual, unos continuaban estudiando (ingreso, bachiller elemental, bachiller superior, reválidas, curso preuniversitario, universidad) y los otros se quedaban en la escuela hasta los catorce años o se iban antes para ayudar en sus casas o para trabajar fuera y aportar algo a la familia. Se trataba de una selección mucho más natural que la actual. Sin embargo, a medida que se ha ido generalizando el sistema educativo a toda la población, el mismo sistema ha puesto en práctica unos mecanismos de selección, dado que no todos pueden tener acceso a unos estudios secundarios y, mucho menos, a la universidad. De aquí viene el énfasis que se pone, desde la implantación de la EGB, en la evaluación. El profesorado en general (aunque más el de secundaria y universidad) ha sido formado sobre todo para seleccionar y por eso se encuentra más cómodo en un sistema que funciona de acuerdo con esa lógica (de aquí su mayoritaria oposición a la LOGSE). Pero lo malo de dicha lógica, es que ha creado un tipo de enseñante (que es el que predomina), que ha profundizado en su formación como evaluador y ha llegado a identificarla con el oficio de enseñar. Para éstos, examinar es una técnica fundamental para verificar si el alumno sabe; por eso ponen exámenes continuamente. No pueden llegar a entender que el examen es, por encima de todo, una técnica para segregar. Y buscando la manera de examinar más objetiva, se han inventado fórmulas cada vez más simplificadoras, cada vez más sencillas y fáciles de verificar, con lo cual han convertido la enseñanza en una especie de concurso televisivo donde lo que cuenta es lo anecdótico y no lo fundamental. Pero, por encima de todo, se han cargado la curiosidad innata de los alumnos, el gusto por aprender que toda persona posee desde pequeñita. Ahora, incluso para los buenos estudiantes, el objetivo no es aprender, sino aprobar. Es raro encontrar algún alumno o alumna al que le guste estudiar o hacer deberes. Si lo hacen es por obligación, porque es la manera de seguir adelante en los estudios.
¿Alguien recuerda a esos niños y niñas deseosos de aprender, que agotan la paciencia de sus padres porque todo lo quieren saber, porque todo lo quieren probar? Derrochan tal cantidad de energía para los aprendizajes que agotan a sus mayores. ¿Qué pasa cuando entran en la escuela? ¿Por qué, a medida que pasan los cursos, se vuelven más reacios al aprendizaje? Los adultos (padres y profesores) solemos justificarnos diciendo que conforme van pasando los cursos, los contenidos son más amplios y la materia a estudiar es mayor y por eso empiezan los retrasos y los fracasos. Pero eso es cierto sólo a medias. A la escuela se llega, en la mayoría de los casos, con los aprendizajes básicos adquiridos. Aunque cada niño y cada niña pertenecen a una familia y a un ambiente propio, lo cierto es que han servido perfectamente para proporcionarles los aprendizajes necesarios hasta ese momento. Pero cuando se incorporan al sistema educativo, los aprendizajes adquieren una doble intención: por un lado son considerados como competencias necesarias para tener éxito, pero por otro, se convierten en barreras para conseguirlo. Los que los superan son considerados aptos y reciben el beneplácito de los adultos; sin embargo, los que no lo hacen, empiezan a ser marcados y señalados como fracasados. Y esta clasificación empieza ya en educación infantil. Se trata de una carrera de obstáculos en la que muchos de ellos acabarán eliminados. Esta doble intención de los aprendizajes en la escuela se resuelve siempre a favor de la segunda. El sistema educativo (desde sus diseñadores hasta sus ejecutores) olvida muy pronto la primera, que consistiría en formar ciudadanos para tener éxito en la vida, y dedica todos sus esfuerzos a perfeccionar cada vez más la segunda. Por ello se habla mucho más de evaluación y de contenidos (la pedagogía del contenido que tanto defienden los “pata negra”) que de metodología y técnicas de aprendizaje.
Se ha hablado mucho, para justificar la implantación de la Ley de Calidad, de fracaso escolar, achacándolo a la Reforma propiciada por los socialistas, pero eso es una auténtica falacia. El fracaso escolar ha existido siempre desde que se generalizó la escolaridad obligatoria, y seguirá existiendo por la intención selectiva del sistema, mande quien mande.
La Reforma se hizo necesaria para homologarnos a Europa y, de paso, para intentar reducir los índices de fracaso escolar, dado que quien gobernaba tenía una cierta tendencia social. Pero su éxito exigía la participación del profesorado, la implicación de los profesionales en la nueva empresa. Y entonces hubo una colisión de intereses que todavía no se ha resuelto. La nueva ley exigía un cambio de mentalidad en el profesorado, unas nuevas metodologías, un nuevo trato hacia los alumnos, pero a cambio de nada, pues no hubo, paralelamente, una financiación suficiente, unos incentivos motivadores. Había que hacer un gran sacrificio prácticamente por amor al arte.
Todo el mundo se sintió perjudicado a pesar de algunos intentos de buena voluntad, muy importantes en calidad, pero insignificantes en cantidad, de poner en práctica la nueva filosofía educativa. El profesorado de primaria veía cómo le quitaban dos cursos y cómo le arrebataban su capacidad para conceder títulos (el graduado escolar y el certificado de escolaridad pasaban a ser patrimonio de los directores de instituto) con lo cual disminuía socialmente la importancia de su función (la valoración social es también proporcional a la edad de los alumnos). El profesorado de secundaria, acostumbrado a trabajar con los mejores alumnos y alumnas de la EGB, clamaba contra la nueva normativa por tener que aguantar a todos hasta los dieciséis años.
Así es como se llega a la situación actual, después de que la Reforma se haya convertido en un auténtico campo de batalla. Situación que creará muchos más problemas de los que ya hay, pues la vocación segregadora de la mal llamada Ley de Calidad (los itinerarios son un eufemismo para ocultar una clara voluntad de selección), provocará una mayor contestación social y una convivencia mucho más difícil en las aulas. Y para cuando se compruebe que la LOCE es un remedio que agravará la enfermedad que pretende combatir, cuando un gobierno que sustituya al actual caiga en la cuenta de que hay que hacer una nueva reforma (otra más...) para corregir los errores de ésta, nos atrevemos a avanzar, como maestros de primaria que estamos “a pie de obra”, algunas propuestas.
En primer lugar, si hacen ustedes una nueva ley, no se olviden de dotarla de la suficiente financiación para motivar a los profesionales y para hacer posible los cambios. De lo contrario, saldremos de un fiasco para caer en otro.
En segundo lugar, vuelvan a los alumnos que han de recibir escolaridad obligatoria, a las escuelas. Estamos convencidos de que el gran error de la Reforma fue sacar a los alumnos de secundaria de la escuela y llevarlos al instituto. Los maestros de primaria estamos acostumbrados a trabajar con todos los alumnos, pues es lo que hemos hecho siempre, por tanto, no hubiese supuesto un esfuerzo insuperable acogerlos hasta los dieciséis años, puesto que se trataría de los mismos alumnos que había en la escuela hasta los catorce, con los cuales ya habría una relación y un conocimiento previo. Ello habría significado, además, un importante incentivo para el profesor de primaria, sobre todo a nivel social.
En tercer lugar, den la posibilidad a los maestros de que podamos acceder a licenciaturas, para equipararnos en nivel a los demás y conviertan en licenciatura los estudios de magisterio. Una vez conseguida la misma titulación para todos los niveles del profesorado, se hará mucho más fácil la movilidad entre unos niveles y otros, concediendo la misma importancia a todos ellos (es del todo punto injustificable, a nivel pedagógico, que se dé mayor importancia al profesor de universidad que al de instituto y, a éste, más que al de primaria). Tengan en cuenta que, si se contasen las horas que los profesores de primaria dedicamos a formación y reciclaje, saldrían varias licenciaturas.
En cuarto lugar, y aunque ninguna de estas propuestas vayan a llevarse a cabo en un futuro próximo, si la sociedad en su conjunto desea que el sistema educativo pueda mejorar, aunque sea muy, muy lentamente, hagan el favor de escuchar a los que estamos diariamente “a pie de obra”. Hoy día se habla y se escribe demasiado sobre educación con poco fundamento. Hay que escribir y hablar menos y trabajar más. No tiene sentido que las leyes estén redactadas por educadores de despacho, que en los medios de comunicación (prensa, radio, televisión) lo que oigamos y leamos sean las opiniones de los pedagogos y no el relato y análisis de sus experiencias.
Si para que la escuela cumpla con su verdadera función, debemos dar la palabra al niño, para que el sistema educativo mejore realmente, la sociedad en general debe dar la palabra al maestro, entendiendo como tal a quien está trabajando directamente con alumnos y alumnas, independientemente de la edad de los mismos.